
Hoy el poder se manifiesta engañosamente fuerte en mí. Estoy recibiendo mucho. Durante semanas, no se ha manifestado con tal fuerza. Sin duda, el bajo porcentaje de humedad es un factor positivo. Pero esto no me induce a pensar que mi habilidad está dejando de declinar. Cuando comencé a perder el pelo hubo un feliz período en el que el proceso de erosión pareció detenerse y revertirse, fue entonces cuando nuevas manchas de fina pelusa oscura comenzaron a brotar de mi frente desnuda. Tras ese inicial flujo de esperanza, afronté el asunto desde una perspectiva más realista: no se trataba de ninguna milagrosa repoblación, sólo un crispamiento de las hormonas, un cese temporal de la declinación en el que no se podía confiar. Al cabo de un tiempo, la línea de mi cuero cabelludo nuevamente retrocedió. En este caso está ocurriendo lo mismo. Cuando se sabe que algo está muriendo dentro de uno, se aprende a no confiar demasiado en las vitalidades fortuitas de un momento fugaz. Aunque mi poder se manifiesta hoy con fuerza; posiblemente mañana sólo oiga lejanos y exasperantes murmullos.
Encuentro un asiento en un rincón del segundo vagón, abro mi libro y me dispongo a esperar que llegue a mi destino. Estoy leyendo a Beckett de nuevo, Malone muere; concuerda con mi estado de ánimo prevaleciente que, como habrán notado, es de autocompasión. Mi tiempo es limitado. De ahí que un hermoso día, cuando toda la naturaleza brilla y sonríe, las nubes sueltan sus negras cohortes inolvidables y se llevan para siempre el azul. Mi situación es en verdad delicada. Qué cosas hermosas, qué cosas importantes pasaré por alto debido al miedo, miedo de volver a caer en el viejo error, miedo de no terminar a tiempo, miedo de recrearme, por última vez, con una última efusión de desdicha, impotencia y odio. Son muchas las formas en las que lo inmutable busca alivio de su falta deforma. Ah sí, el bueno de Samuel, siempre listo con una o dos palabras de triste consuelo.