Señora, ¿es posible que sea la señora Inocencia Fernández? ¿La señora Clodomira Espinosa? ¿La señora Bonifacia Colón? Quizá la señora Esperanza Domínguez. Esperanza. Esperanza. Te amo, Esperanza. Esperanza que brota siempre del corazón humano. (Estuve allí la Navidad pasada para asistir a las corridas de toros. Esperanza Springs, Nuevo México; me hospedé en el Holiday Inn. No estoy bromeando.) Planta baja. Con agilidad, me adelanto para sostener la puerta abierta. La chiquita embarazada, hermosa e imperturbable, no me sonríe al salir.

Con paso ligero, voy camino del metro, hay unas cuantas travesías. Por estos barrios residenciales las calles son todavía empinadas. Subo a toda velocidad la escalera agrietada y descascarada y llego al nivel de la estación respirando casi con normalidad. Supongo que como resultado de una vida sana, una dieta simple, no fumo, no bebo mucho, nada de ácido o mescalina, nada de drogas estimulantes. A esta hora, la estación está prácticamente desierta. Pero no tardo en oír el sonido de ruedas que avanzan a toda velocidad, metal contra metal, y simultáneamente recibo el fulminante impacto de una súbita avalancha de mentes que arremeten juntas contra mí desde el norte, apiñadas dentro de los cinco o seis vagones del tren que se acerca. Las almas comprimidas de esos pasajeros forman una sola masa desordenada que avanza obstinadamente contra mí. Vibran como trémulo y gelatinoso plancton comprimido brutalmente en la red de algún oceanógrafo, creando un organismo complejo en el que las identidades individuales desaparecen. Cuando al fin el tren entra en la estación, logro percibir barboteos y chillidos aislados de individualidades distintas: un violento aguijonazo de deseo, un graznido de odio, una punzada de remordimiento, un repentino refunfuño interior. Se elevan desde la confusa totalidad, del mismo modo que pequeños y extraños fragmentos de melodía surgen desde la oscura mancha orquestal de una sinfonía de Mahler.



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