
En algún punto concreto del trayecto, en la calle Ciento Ochenta, levanto la vista y veo a una muchacha que ocupa el asiento diagonalmente opuesto al mío y que, aparentemente, me está estudiando. Tiene poco más de veinte años, es atractiva de un modo poco llamativo, tiene piernas largas, pechos aceptables y una mata de pelo castaño rojizo. También tiene un libro —un ejemplar de bolsillo de Ulises, reconozco la tapa—, pero lo tiene abandonado sobre su falda. ¿Está interesada en mí? No estoy leyendo su mente. Cuando subí al tren, automáticamente reduje mi capacidad de recepción al mínimo, un truco que aprendí cuando era chico. Si en los trenes y otros lugares públicos cerrados no me aíslo de los ruidos dispersos de la muchedumbre, me resulta imposible concentrarme. Sin tratar de detectar sus señales, intento adivinar qué está pensando de mí, éste es un juego que realizo con frecuencia. Qué inteligente parece ese hombre… Debe de haber sufrido mucho; su rostro se ve mucho más viejo que el resto de su cuerpo…, ternura en sus ojos…, una mirada tan triste…, un poeta, un erudito…, apuesto a que es muy apasionado…, vierte todo su amor reprimido en el acto físico, en las relaciones sexuales… ¿Qué está leyendo? ¿Beckett? Sí, un poeta, un novelista, debe de ser…, quizá alguien famoso… Sin embargo, no debo mostrarme demasiado agresiva. La insistencia lo disgustará. Una sonrisa tímida, eso lo cautivará… Una cosa conduce a la otra… Lo invitaré a almorzar… Luego, para verificar la exactitud de mis percepciones intuitivas, sintonizo su mente. Al principio no hay señal. ¡Mis malditos poderes debilitados me traicionan de nuevo! Pero luego llega, con interferencias primero, al recibir también las reflexiones bajas y confusas de todos los pasajeros a mi alrededor, y luego el timbre claro y dulce de su alma. Está pensando en una clase de karate a la que asistirá, un poco más tarde, esta misma mañana, en la calle Noventa y Seis. Está enamorada de su instructor, un musculoso japonés con cicatrices de viruela.
