Cuando llega al séptimo piso, el ascensor se detiene haciendo un chirrido. Incluso antes de que se abra la puerta cubierta de cicatrices, detecto rápidamente una vibración mental de vitalidad femenina hispánica bailando al otro lado de las vigas. Desde luego, son enormes las probabilidades de que la que llama el ascensor sea una joven esposa portorriqueña —el edificio está lleno de ellas; a esta hora del día sus maridos están trabajando— pero, de todos modos, tengo la casi plena seguridad de que estoy leyendo sus emanaciones psíquicas, de que no se trata de una simple corazonada. No cabe ninguna duda. Es baja morena, posiblemente de unos veintitrés años y en un avanzado estado de gravidez. Puedo recibir con toda claridad la doble emisión nerviosa: el vuelo rápido de su simple y sensual mente y el golpeteo borroso e indistinto del feto, de unos seis meses encerrado dentro de su firme y abultado cuerpo. Su cara es chata y sus caderas anchas, tiene ojos pequeños y brillantes y una boca de finos y apretados labios. Una segunda criatura, una niña sucia de unos dos años, agarra con fuerza el pulgar de su madre. Cuando entran en el ascensor la niña me dedica una risita, la mujer una breve y recelosa sonrisa.

Se sitúan dándome la espalda. Silencio profundo. Buenos días, señora. Bonito día, ¿no le parece señora? ¡Qué niña más bonita! Pero permanezco callado. Aunque no la conozco, se parece a todas las otras que viven es este edificio, incluso su emisión cerebral es material común, sin individualidad, indistinguible. Vagos pensamientos sobre plátanos y arroz, los resultados de la lotería de esta semana y los programas que esta noche pasan en televisión. Es una hembra tonta, pero es humana y la amo. ¿Cómo se llama? Quizás es la señora Altagracia Morales. La señora Amantina Figueroa. La señora Filomena Mercado. Me fascinan esos nombres. Poesía pura. Crecí entre chicas fuertes y regordetas llamadas Sondra Wiener, Beverly Schwartz, Sheila Weisbard.



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