
Son las 10.43 de la mañana, hora de verano del Este. La temperatura actual en Central Park es de 14 ºC. El porcentaje de humedad es del 28 % y el barómetro marca 30.30 y está bajando. El viento, de 18 kilómetros por hora, sopla del sector nordeste. El pronóstico es de tiempo bueno y cielo despejado para hoy, esta noche y mañana, con un ligero descenso de la presión atmosférica. Para hoy, la probabilidad de precipitaciones es de cero, del 10 % para mañana. El nivel de calidad del aire está considerado bueno.
David Selig tiene cuarenta y un años y sigue contando. Su estatura es algo superior a la normal, su cuerpo es delgado, el del típico soltero acostumbrado a hacerse su propia comida. El ceño ligeramente fruncido y un gesto de perplejidad es la habitual expresión de su rostro. Parpadea mucho. Con su chaqueta de dril azul desteñido, sus botas para trabajo pesado y sus pantalones acampanados a rayas moda 1969, tiene un aspecto superficialmente juvenil, al menos de cuello para abajo. De hecho, parece una especie de refugiado de un laboratorio de investigación ilícito donde transplantan desde las calvas y arrugadas cabezas de hombres maduros y angustiados, a los reacios cuerpos de chicos adolescentes. ¿Cómo le ocurrió esto? ¿En qué momento comenzaron a envejecer su rostro y su cuero cabelludo? Mientras desciende de su refugio de dos ambientes, en el duodécimo piso, los cables colgantes del ascensor le lanzan risotadas. Se pregunta si esos oxidados cables podrán ser incluso más viejos que él. Pertenece a la cosecha de 1935. Imagina que este edificio pudo haber sido construido en 1933 o 1934. El Honorable Fiorello H. LaGuardia, alcalde. Cabe la posibilidad de que sea más reciente, construido justo antes de la guerra, por ejemplo. (¿Recuerdas 1940, David? Ése fue el año en que te llevamos a la Feria Mundial. Esto es el trylon, aquello es la periesfera.) Sea como sea, los edificios se están volviendo viejos. ¿Qué es lo que no envejece?
