
Muero por dentro
Robert Silverberg
Para B y T y C y para mí;
con esfuerzo lo logramos.
1
De nuevo tengo que ir al centro, a la Universidad, para buscar dólares. No es que necesite mucho para vivir —con 200 dólares al mes me va muy bien— pero estoy en las últimas y no me atrevo a pedirle otra vez dinero prestado a mi hermana. Falta poco para que los estudiantes tengan que preparar sus primeros trabajos del semestre; ése siempre es un negocio seguro. Nuevamente se alquila el cerebro cansado y desgastado de David Selig. Debería conseguir algún trabajo con el que ganarme 75 dólares en esta hermosa y dorada mañana de octubre. El aire es fresco y limpio. Aquí, en la ciudad de Nueva York, la presión atmosférica es elevada, con lo que la niebla se ha disipado y ha disminuido la humedad. Aunque mis poderes ya declinan, en un día como éste florecen. Cuando la mañana invade el cielo, adelante, tú y yo. Vamos a tomar el metro de Broadway-IRT. Por favor, ten preparadas las fichas.
Tú y yo. ¿Con quién hablo? A fin de cuentas, me dirijo solo al centro. Tú y Yo.
No hay duda de que me refiero a mí y a esa criatura que, oculta en su esponjosa guarida y espiando a mortales confinadas, vive dentro de mí. Ese monstruo solapado que hay dentro de mí, ese monstruo enfermo que, más rápidamente que yo, va muriendo. En una ocasión, Yeats escribió un diálogo entre el yo y el alma; entonces ¿por qué no puede Selig, que está, a pesar suyo, dividido de un modo, que el pobre y tonto Yeats no hubiera comprendido jamás, hablar de su don único y perecedero como si fuera algún intruso encerrado en una cápsula alOjada en su cráneo? ¿Por qué no? Así que, vamos, tú y yo. Atravesemos el pasillo. Apretemos el botón. Entremos en el ascensor. Hay un insoportable olor a ajo. Estos campesinos, este enjambre de portorriqueños dejan sus penetrantes olores por todas partes. Mis vecinos. Los amo. Abajo. Abajo.
